Nunca pensé mucho en el significado de los apellidos, me parece que son algo que desde niño sabes que van al lado de tu nombre pero no prestas atención del cómo y por qué. No obstante, conforme crecí fui desarrollando un gusto por los mismos, basado en cómo sonaban y qué tan comunes eran, este interés me llevó a investigar un poco sobre su origen; fue así que descubrí que uno provenía del vasco y el otro de la provincia de Santander. Más allá de esta información, no me interesé por indagar más al respecto, aunque no puedo negar que en más de una ocasión he pensado en que sería muy interesante conocer mi árbol genealógico de manera más profunda y así descubrir cómo estos dos apellidos llegaron hasta mí.
Cuando comencé a enseñar español a extranjeros, aprendí que en algunos países las mujeres cuando se casan adoptan el apellido de su esposo, eso siempre me resultó difícil de entender pero lo respetaba. Sin embargo, cuando me comprometí, me enteré que dicha costumbre la tenía también Polonia, entonces me encontraba en una disyuntiva, cambiar mis apellidos por el de mi esposo o conservar los míos (al estilo mexicano). Decidí primero preguntarle a mi ahora esposo cómo se sentiría si no adoptaba el suyo, para mi alivio él no tenía problema alguno, de hecho le daba bastante igual pues sabía bien que en mi país era diferente. Una vez escuchada esta respuesta me puse a meditar sobre si cambiar o no, una de las cosas que me incomodaban era que mi nombre “Paulina” se pronuncia exactamente igual en polaco, hecho que en más de una ocasión ha desencadenado que la gente en Polonia me diga que tengo “nombre polaco” (cosa que es falsa pues realmente viene del latín), entonces sentí que al tener un nombre tan común en Polonia más un apellido polaco, mi esencia mexicana se difuminaría al ser escuchado y eso me pesaba.
Después de pensarlo mucho, una vez más decidí preguntar la opinión de alguien más, en esta ocasión fue mi mamá, así que, de manera casual, mientras hablábamos de los planes de boda, le conté la costumbre polaca en cuanto al apellido, su reacción me sorprendió mucho pues tan pronto como lo escuchó me dijo: “No puedes cambiártelo, ese siempre ha sido tu nombre, es parte de tu historia familiar”. Cuando la escuché decir esto me di cuenta de cuán importante era para ella que no cambiara nada, pero también me hizo ver que esa incomodidad que sentía sobre el cambio de apellidos era también porque sentía que se borraba mi historia familiar para adoptar la historia familiar de alguien más. Mis apellidos los recibieron mis padres de sus padres y, a su vez, mis abuelos los recibieron de sus padres y así sucesivamente, generando una cadena que guarda una genealogía familiar que conozco poco pero de la cual me siento orgullosa, porque de alguna manera ha contribuido a lo que ahora soy de manera directa o indirecta. Después de todo este análisis decidí firmemente conservar mis apellidos, pues me llenan de orgullo (cabe mencionar que posteriormente supe que había sido la mejor elección, pues un cambio me podría haber traído problemas burocráticos en México).
Pensé que el problema estaba resuelto pero una vez casados nos enfrentamos a otro, el registro civil polaco nos exigía saber cómo deseábamos que se apellidaran nuestros posibles hijos, ¿al estilo polaco (usando sólo el de mi esposo) o al estilo mexicano (usando el de mi esposo más mi primer apellido)? Afortunadamente, en esta ocasión la decisión fue más fácil debido a que mi marido estaba totalmente a favor de que el lado mexicano se viera reflejado en el nombre de nuestros futuros hijos, entonces así se hizo.
Para terminar, me gustaría mencionar que últimamente he oído de personas que, a diferencia mía, optaron por eliminar sus apellidos y utilizar el de sus cónyuges, incluso he visto mujeres mexicanas (casadas con mexicanos) que hacen el cambio en sus redes sociales siendo que legalmente esto no está permitido en el país, esto me ha dejado pensando sobre por qué para algunos resulta fácil el cambio y por qué para otros no, ¿tú qué piensas?


