Cuando se habla sobre la idea de vivir en otro país, muchas veces se ve de manera idealizada, como una vida llena de aventura, en la que no hay tiempo para aburrirse ni para extrañar, pero en realidad no siempre es así.
Por un lado, cada día aprendes algo nuevo de ese país en el que vives y, al mismo tiempo, conoces más y hasta empiezas a cuestionarte tus propias costumbres. Además, constantemente estás intentando encajar en esa otra cultura, intentando verte menos extranjero, pasar desapercibido, incorporando a tu vida aquellas costumbres que te gustan de tu otro hogar o, bien, adaptando algunas a tu forma de vida. Pero, por otro lado, también hay días malos; a veces extrañas esas charlas familiares o entre amigos que ya casi no se dan en persona. Incluso, en algunos momentos, un antojo de comida mexicana se vuelve una necesidad, pues es algo que te conecta con todo aquello que dejaste atrás: los olores, las texturas, los sabores… todo aquello con lo que creciste y que ya no es tan fácil conseguir.
¿Me arrepiento de haberme mudado? No. Sin embargo, no siempre es fácil aceptar que tu familia ya no está a la vuelta de la esquina, que te perderás muchos eventos importantes como bodas o funerales, que aquellos que conociste siendo niños seguirán creciendo con o sin ti, que los que se quedaron no siempre podrán ser parte de los momentos trascendentes de tu vida, como en mi caso fue el convertirme en mamá. Todavía me resulta extraño, y hasta doloroso, saber que mi hijo conoció a su familia materna casi un año después de su nacimiento y que lo están viendo crecer a través de fotos y videollamadas.
Afortunadamente, los días malos no duran mucho. Siempre, después de esos momentos de tristeza, viene la calma, esa que te ayuda a recordar por qué te fuiste y cuán privilegiado eres por haber podido tomar una decisión así.
Para todos aquellos que están en esos momentos de nostalgia y melancolía, lo único que les puedo decir es que sean pacientes. En algún momento podrán volver a abrazar a su familia y amigos, y se recargarán con todo el amor que les den, para después emprender, una vez más, el viaje a su otro hogar: ese que eligieron para vivir, a pesar de lo duro que puede ser.



