7.05.2025

DÍAS MALOS

 


Cuando se habla sobre la idea de vivir en otro país, muchas veces se ve de manera idealizada, como una vida llena de aventura, en la que no hay tiempo para aburrirse ni para extrañar, pero en realidad no siempre es así.


Por un lado, cada día aprendes algo nuevo de ese país en el que vives y, al mismo tiempo, conoces más y hasta empiezas a cuestionarte tus propias costumbres. Además, constantemente estás intentando encajar en esa otra cultura, intentando verte menos extranjero, pasar desapercibido, incorporando a tu vida aquellas costumbres que te gustan de tu otro hogar o, bien, adaptando algunas a tu forma de vida. Pero, por otro lado, también hay días malos; a veces extrañas esas charlas familiares o entre amigos que ya casi no se dan en persona. Incluso, en algunos momentos, un antojo de comida mexicana se vuelve una necesidad, pues es algo que te conecta con todo aquello que dejaste atrás: los olores, las texturas, los sabores… todo aquello con lo que creciste y que ya no es tan fácil conseguir.


¿Me arrepiento de haberme mudado? No. Sin embargo, no siempre es fácil aceptar que tu familia ya no está a la vuelta de la esquina, que te perderás muchos eventos importantes como bodas o funerales, que aquellos que conociste siendo niños seguirán creciendo con o sin ti, que los que se quedaron no siempre podrán ser parte de los momentos trascendentes de tu vida, como en mi caso fue el convertirme en mamá. Todavía me resulta extraño, y hasta doloroso, saber que mi hijo conoció a su familia materna casi un año después de su nacimiento y que lo están viendo crecer a través de fotos y videollamadas.


Afortunadamente, los días malos no duran mucho. Siempre, después de esos momentos de tristeza, viene la calma, esa que te ayuda a recordar por qué te fuiste y cuán privilegiado eres por haber podido tomar una decisión así.


Para todos aquellos que están en esos momentos de nostalgia y melancolía, lo único que les puedo decir es que sean pacientes. En algún momento podrán volver a abrazar a su familia y amigos, y se recargarán con todo el amor que les den, para después emprender, una vez más, el viaje a su otro hogar: ese que eligieron para vivir, a pesar de lo duro que puede ser.

2.28.2025

MÁS QUE UN APELLIDO

Nunca pensé mucho en el significado de los apellidos, me parece que son algo que desde niño sabes que van al lado de tu nombre pero no prestas atención del cómo y por qué. No obstante, conforme crecí fui desarrollando un gusto por los mismos, basado en cómo sonaban y qué tan comunes eran, este interés me llevó a investigar un poco sobre su origen; fue así que descubrí que uno provenía del vasco y el otro de la provincia de Santander. Más allá de esta información, no me interesé por indagar más al respecto, aunque no puedo negar que en más de una ocasión he pensado en que sería muy interesante conocer mi árbol genealógico de manera más profunda y así descubrir cómo estos dos apellidos llegaron hasta mí.

Cuando comencé a enseñar español a extranjeros, aprendí que en algunos países las mujeres cuando se casan adoptan el apellido de su esposo, eso siempre me resultó difícil de entender pero lo respetaba. Sin embargo, cuando me comprometí, me enteré que dicha costumbre la tenía también Polonia, entonces me encontraba en una disyuntiva, cambiar mis apellidos por el de mi esposo o conservar los míos (al estilo mexicano). Decidí primero preguntarle a mi ahora esposo cómo se sentiría si no adoptaba el suyo, para mi alivio él no tenía problema alguno, de hecho le daba bastante igual pues sabía bien que en mi país era diferente. Una vez escuchada esta respuesta me puse a meditar sobre si cambiar o no, una de las cosas que me incomodaban era que mi nombre “Paulina” se pronuncia exactamente igual en polaco, hecho que en más de una ocasión ha desencadenado que la gente en Polonia me diga que tengo “nombre polaco” (cosa que es falsa pues realmente viene del latín), entonces sentí que al tener un nombre tan común en Polonia más un apellido polaco, mi esencia mexicana se difuminaría al ser escuchado y eso me pesaba.

Después de pensarlo mucho, una vez más decidí preguntar la opinión de alguien más, en esta ocasión fue mi mamá, así que, de manera casual, mientras hablábamos de los planes de boda, le conté la costumbre polaca en cuanto al apellido, su reacción me sorprendió mucho pues tan pronto como lo escuchó me dijo: “No puedes cambiártelo, ese siempre ha sido tu nombre, es parte de tu historia familiar”. Cuando la escuché decir esto me di cuenta de cuán importante era para ella que no cambiara nada, pero también me hizo ver que esa incomodidad que sentía sobre el cambio de apellidos era también porque sentía que se borraba mi historia familiar para adoptar la historia familiar de alguien más. Mis apellidos los recibieron mis padres de sus padres y, a su vez, mis abuelos los recibieron de sus padres y así sucesivamente, generando una cadena que guarda una genealogía familiar que conozco poco pero de la cual me siento orgullosa, porque de alguna manera ha contribuido a lo que ahora soy de manera directa o indirecta. Después de todo este análisis decidí firmemente conservar mis apellidos, pues me llenan de orgullo (cabe mencionar que posteriormente supe que había sido la mejor elección, pues un cambio me podría haber traído problemas burocráticos en México).

Pensé que el problema estaba resuelto pero una vez casados nos enfrentamos a otro, el registro civil polaco nos exigía saber cómo deseábamos que se apellidaran nuestros posibles hijos, ¿al estilo polaco (usando sólo el de mi esposo) o al estilo mexicano (usando el de mi esposo más mi primer apellido)? Afortunadamente, en esta ocasión la decisión fue más fácil debido a que mi marido estaba totalmente a favor de que el lado mexicano se viera reflejado en el nombre de nuestros futuros hijos, entonces así se hizo.

Para terminar, me gustaría mencionar que últimamente he oído de personas que, a diferencia mía, optaron por eliminar sus apellidos y utilizar el de sus cónyuges, incluso he visto mujeres mexicanas (casadas con mexicanos) que hacen el cambio en sus redes sociales siendo que legalmente esto no está permitido en el país, esto me ha dejado pensando sobre por qué para algunos resulta fácil el cambio y por qué para otros no, ¿tú qué piensas?


2.18.2025

TIENDAS DE ROPA EN POLONIA


Normalmente las veces que he necesitado comprar ropa en Polonia me dirijo a los centros comerciales y busco lo que necesito en las grandes tiendas, ahí mi experiencia suele ser muy similar a la de México, un gran lugar donde no eres muy relevante para el empleado y sólo te ofrecerán ayuda si la pides, si no sólo te ignorarán. No obstante, cuando estaba embarazada me fue difícil encontrar tiendas de ropa exclusiva para mi estado pues sorprendentemente las grandes tiendas no tenían. Un día, caminando cerca del centro de la ciudad, mi esposo y yo encontramos una pequeña tienda de ropa exclusivamente para embarazadas, yo estaba que no cabía de felicidad, desafortunadamente, ese día ya era algo tarde y la tienda estaba cerrada, aún así yo estaba decidida a volver para comprar lo más que pudiera pues cada día mi panza era más y más grande y temía que un día simplemente ya no cupiera en la ropa que tenía.

Mi plan inicial era volver en una semana al menos, pero los horarios de mi esposo nunca coincidían con los horarios de apertura de la tienda, harta de ver pasar las semanas sin poder ir, decidí ir sola, cuando llegué me di cuenta de que la persona que atendía era una amable señora de alrededor de unos 60 años, yo sabía que era una desventaja porque las probabilidades de que ella hablara inglés eran muy bajas, aún así decidí lograr mi cometido. Como lo había imaginado la señora no hablaba inglés, sin embargo ambas estábamos comprometidas a comunicarnos de alguna manera y lo hicimos más o menos exitosamente, todo iba bien hasta que encontré un pantalón que era bastante grueso, en ese momento estábamos en pleno verano y yo sabía que por el momento no lo necesitaba, pero mis últimos meses de embarazo serían en el otoño, así que no quería que el frío me tomara desprevenida, fue así que por señas le expliqué a la vendedora que quería probármelo, ella al verlo me vio con desaprobación y comenzó a explicarme por qué no era una buena idea, obviamente yo no entendí nada, así que insistí una vez más y ella volvió a negarse, entre todas las palabras que salían de su boca logré identificar la palabra “gorąco” (que se traduciría como “caluroso”) además de que noté cómo ella señalaba al exterior, fue en ese momento que entendí todo, ella no pensaba que fuera buena idea que yo comprara un pantalón tan grueso ya que era demasiado caliente para el verano polaco, entonces volví a insistir en que quería probarme la prenda e intenté explicar que la quería para el otoño, sin embargo ella nunca entendió, después de un rato “conversando” ella accedió no muy convencida, al final terminé comprándome el pantalón y mientras la señora intentaba meterlo junto con otras cosas a una bolsa, seguía negando con la cabeza sin entender mi decisión, yo salí de ahí sudando por todo el estrés pero satisfecha de mi compra.

Esta historia volvió a mi cabeza porque hace unas semanas en una clase con una alumna polaca, ella me empezó a contar que en una ocasión que fue a México tuvo que comprar ropa, pero como no tenía quien la acompañara, fue sola. Una vez en la tienda empezó a probarse diferentes prendas y, como no estaba muy segura de si eran una buena opción, optó por pedirle opinión a las vendedoras, grande fue su sorpresa cuando vio que ellas no estaban muy interesadas en expresar su perspectiva y sólo asentían cuando se les preguntaba algo, al final mi alumna salió muy insatisfecha pues no recibió comentarios como ella deseaba, entonces me comentó que en las pequeñas tiendas de ropa polacas es normal que las vendedoras expresen libremente su opinión, incluso si no se les pregunta, así que en más de una ocasión se puede escuchar comentarios del tipo “Ese color no te queda bien, mejor elige este otro” o “Te ves un poco gorda con eso” sin problema alguno. Su perspectiva me pareció muy interesante y me hizo comprender por qué en aquella pequeña tienda la señora estaba decidida a hacerme cambiar de parecer aunque nunca le pregunté lo que pensaba. También me hizo darme cuenta cómo en México las cosas pueden ser distintas (al menos en mi experiencia) pues puedes encontrar dos diferentes perspectivas, una en donde al vendedor no le importa qué te lleves y otra en donde te dirá cumplidos con cada ropa que te pruebes (sin importar cuán fea sea) con la única intensión de que compres. Al final, mi experiencia con aquella amable señora me resultó muy divertida pero aún así todavía no sé cuál prefiero, si la forma de Polonia o la de México.


2.12.2025

¿POR QUÉ AÚN NO HABLAS POLACO?


Comencé a estudiar polaco en cuanto me comprometí con mi esposo y decidimos vivir en Polonia. Mi relación con el estudio de idiomas antes de eso había sido un poco caótica, clases de ruso por 6 meses sin ninguna motivación específica, algunas clases de francés, “aprendizaje” fugaz de alemán e italiano con el infaltable Duolingo y un estudio prolongado de inglés que me ha llevado estar en un nivel comunicativo más o menos decente. Así que cuando comencé con el polaco ya había formado inconscientemente una base diez años antes por su cercanía con el ruso.

Mi primer acercamiento formal al idioma fue a través de clases en línea, y aquí debo decir que mi exceso de trabajo y poco compromiso hicieron que dichas clases fueran en vano, así que cuando llegué recién casada a este bello país básicamente sólo podía decir  cosas simples como “Dzień dobre” (buen día) y “Nazywam się Paulina…” (Me llamo Paulina). Debido a mi fracaso anterior, mi esposo me propuso enseñarme (propuesta que hasta el día de hoy no se ha cumplido realmente pero que según él sigue en pie) por ello los primeros 3 meses en Polonia fueron un fallido intento de auto-aprendizaje y la espera de que mi marido me ayudara, pero una vez más fracasé. Harta de no avanzar retomé mis clases en línea con una nueva profesora que se adecuaba a mis necesidades, sin embargo todo se pausó con la llegada de un nuevo miembro a mi familia, así que aprender a ser mamá se volvió una prioridad y por tres meses una vez más hice el polaco a un lado. Cuando me sentí lista comencé de nuevo pero con diferente profesor el cual me ha brindado un poco de confianza al hablar, desafortunadamente, después de 2 años de vivir acá, él es el único con quien me atrevo hablar en dicho idioma.

Pero ¿por qué sigo sin poder hablarlo? Esa es una pregunta que se me hace y me hago constantemente. Creo que hay varias razones, una de ellas es que claramente no soy tan buena aprendiendo idiomas, otra es que no dedico tanto tiempo en su aprendizaje como debería y la otra razón está relacionada con el comportamiento de algunas personas a mi alrededor.

Como maestra de español para extranjeros más de una vez escuché a los estudiantes quejarse de que algunos mexicanos criticaban que su español no fuera tan bueno (a pesar de haber estado viviendo en el país equis cantidad de tiempo), que sus parejas se negaban a ayudarlos en el aprendizaje del idioma o bien que algunas personas los usaban para perfeccionar su inglés haciendo imposible usar lo que se aprendía en clase. Con vergüenza debo aceptar que no siempre creí del todo estas historias hasta que lo experimenté en carne propia; y es que no es que la gente sea grosera y no quiera permitirme avanzar, sino que ciertas actitudes merman mi confianza y a veces me parece que mantener una conversación con un nativohablante es una tarea imposible. Cabe mencionar que hay unos cuantos que sí me han ofrecido ayuda pero cuando careces de confianza en ti mismo, es difícil aprovechar estas oportunidades.

En más de una ocasión he estado en conversaciones donde personas que sólo hablan un idioma no comprenden por qué no he logrado aprender polaco siendo que “fulanito” ya lo habla muy bien, incluso intentan darme consejos cuando es claro que no tienen ni idea de lo que implica aprender una lengua, además, cuando he intentado usar el idioma con ellos no están muy dispuestos a bajar la velocidad de su discurso, a utilizar vocabulario más simple ni a usar su lenguaje corporal haciendo que todos mis esfuerzos por comprender sean en vano. 

 Por otro lado, me he encontrado con otro grupo de personas que me ven como la persona ideal para practicar su inglés y si bien esto de alguna manera me da la posibilidad de interactuar con los nativos, no me permite utilizar mi incipiente polaco.

En conclusión, no sé cuándo podré realmente hablar polaco, lo que sí sé es que a pesar de todo no me he dado por vencida porque me gusta vivir aquí y sé que mi visión de la cultura polaca se ampliará cuando logre dominar el idioma. Sueño con el día en el que sea capaz de tener una larga plática con mi suegra pues sé que ella también lo desea, sueño también con tener una cita médica sin que haya un tercero traduciendo, incluso deseo ansiosamente escuchar una conversación ajena en el tranvía y entender todo lo que dicen. Lamentablemente, ahora debo conformarme con sólo poder conversar con mi profesor, con sólo entender algunas frases de los anuncios publicitarios o de alguna canción y sonreír internamente al darme cuenta de que realmente sí estoy avanzando, aunque no a la velocidad que quisiera. Finalmente, quiero decirte a ti, que estás aprendiendo un idioma y que sientes la presión de no estar avanzando como otros desearían: no estás sólo, somos muchos en la misma situación y no nos queda más que ser pacientes y echarle ganas, ¡ánimo!